En el año 1790, en el presidio de Janos, Chihuahua, ocurrió uno de los eventos más significativos en la historia del norte de México: el establecimiento de un acuerdo de paz entre el virreinato de la Nueva España y varias tribus apaches, en un intento por detener décadas de enfrentamientos sangrientos.
Durante gran parte del siglo XVIII, los pueblos apaches —en especial los chiricahuas— mantuvieron una guerra constante contra los presidios españoles, atacando asentamientos, rancherías y convoyes en defensa de su territorio ancestral. Para frenar la violencia, el virrey Revillagigedo autorizó un sistema de “indios aliados”, con el cual los apaches recibirían raciones, tierras y protección, a cambio de establecerse pacíficamente en presidios como el de Janos.
Ese año, líderes apaches como Encinar y Zelebot acudieron al presidio para firmar los acuerdos. Se comprometieron a entregar rehenes como señal de buena voluntad y a cesar los ataques, mientras que los españoles prometieron trato digno y alimento. Janos se convirtió entonces en un centro de convivencia forzada, en donde los apaches vivían bajo vigilancia, pero también con acceso a recursos y cierto grado de autonomía.
Aunque la paz fue frágil y ocasionalmente interrumpida por traiciones y conflictos, el pacto de Janos es considerado un precedente único de diplomacia entre colonizadores y pueblos indígenas del norte del país. Su historia aún se recuerda en esa región del estado de Chihuahua, como un símbolo de resistencia, adaptación y negociación en tiempos violentos.

