En Ojinaga, Chihuahua, a finales del siglo XIX, se vivió una de las historias que marcaron el rumbo económico y social de la región fronteriza. Mientras el país se encontraba en plena expansión ferroviaria, este municipio quedó fuera del trazado del Ferrocarril Central Mexicano, decisión que cambió para siempre su destino.
En 1882, durante el gobierno de Manuel González —predecesor de Porfirio Díaz— se aprobó la construcción de una ruta ferroviaria que conectaría el centro del país con la frontera norte. Ojinaga, por su ubicación estratégica junto al río Bravo y su cercanía con Presidio, Texas, era un candidato natural para convertirse en una estación clave. Sin embargo, tras presiones políticas y decisiones de último momento, la ruta fue desviada hacia Ciudad Juárez.
La ausencia del ferrocarril limitó el desarrollo comercial de Ojinaga durante décadas, provocando el estancamiento de sus actividades agrícolas y ganaderas, que dependían de canales de distribución menos eficientes. Mientras otras ciudades fronterizas crecían con la llegada del tren, Ojinaga se convirtió en un punto olvidado en el mapa ferroviario, manteniendo un ritmo de vida más pausado y rural.
Pese a ello, el municipio logró conservar gran parte de su identidad cultural y tradiciones, y décadas después estableció conexiones carreteras y comerciales que poco a poco lo reinsertaron en el circuito económico del estado.

