En la región serrana del Ejido Ocampo, al noroeste de la ciudad de Chihuahua, entre cañones, riscos y antiguos pasos de arrieros, se conserva una leyenda poco conocida que habla de un tesoro enterrado por religiosos jesuitas durante los últimos años del siglo XVIII, justo antes de su expulsión del virreinato de la Nueva España.
De acuerdo con documentos rescatados por un historiador de la Universidad Autónoma de Chihuahua en 1984, se tenía registro de una pequeña misión agrícola y catequizadora instalada en un paraje hoy deshabitado, llamado en ese entonces Rancho de los Laureles, cerca del actual Cañón del Colorado.
Al enterarse de la inminente salida forzada de su orden, los misioneros decidieron ocultar varios cofres que contenían reliquias religiosas, monedas de plata, cálices y figuras de santos talladas en marfil y madera fina, procedentes de Manila y transportadas por tierra desde Acapulco hasta el norte. Para evitar que el cargamento cayera en manos de la corona o los soldados que vigilaban la expulsión, eligieron una cueva profunda a la que se accede sólo desde una grieta entre dos peñas, al este del cerro El Rincón de los Tres Vientos.
El único fraile que quedó en el lugar, un anciano llamado Fray Sebastián de Urrea, dejó un mapa rudimentario escondido en la base de una cruz de piedra, misma que fue redescubierta en 1936 por un pastor. El mapa, hoy conocido como el derrotero de Urrea, contiene referencias como:
«Desde el ojo de agua del guajolote, subid hacia el risco que mira al poniente. Donde el eco regresa doble y la zarza no tiene sombra, allí hallaréis la boca de la tierra que guarda lo sagrado.»
A lo largo del siglo XX, varios buscadores de tesoros se adentraron en la zona. En 1971, un grupo de jóvenes exploradores halló fragmentos de madera vieja, un cáliz partido y dos monedas con el escudo de Carlos III, pero no se encontraron más restos. Algunos vecinos creen que el acceso verdadero fue sellado con piedras por los propios frailes, y otros aseguran que el oro fue maldito para evitar su recuperación.
A la fecha, el tesoro de la misión perdida sigue sin localizarse. La vegetación crecida, el difícil acceso y las condiciones cambiantes del terreno han impedido que se hagan exploraciones formales. Sin embargo, entre los habitantes del Ejido Ocampo, persiste la idea de que el cofre jesuita aún duerme bajo la sierra, esperando ser descubierto.
